Don Juan
Don Juan La orilla del mar… Yo creo que la arena ondularía suavemente; que las olas dulces y tranquilas se acostarían sobre ella; que un profundo silencio reinaría a lo lejos, interrumpido solamente por el agudo grito de un pájaro nocturno, el salto de un delfín en el agua o el rumor de una ola deseosa de liberarse de la prisión de una roca… Juan y su amiga andarían errantes sobre la playa. Sería la hora más dulce del día y de la noche, cuando el disco del sol se sumerge en las azuladas colinas del mar y la luna naciente parece la única diadema de la obscuridad. Los dos amantes andarían, cogidos de la mano, a lo largo de las abiertas playas de la isla. Hallarían una gruta de inexpresable belleza y misterio. Descansarían en ella, muy juntos, contemplando el admirable cuadro del crepúsculo
Sí; admiraron el cielo suspendido sobre sus cabezas y el inmenso mar ondulante; escucharon el murmullo del agua y los suspiros de la brisa de la noche. De improviso, sus ojos se encontraron, sus labios se acercaron, y se reunieron por medio de un beso. Fue un beso prolongado lleno del ardor de los primeros fuegos de la juventud y del amor; un beso que sólo pertenece a los primeros días de nuestras nacientes agitaciones, cuando la sangre circula como la lava devoradora en el interior de nuestras venas y cuando el contacto de los labios con los del objeto amado conmueve el corazón y lo arrebata en un largo éxtasis.