Don Juan
Don Juan Un niño que admira la luz o que toma el pecho de su madre; un fanático a la vista de un enemigo vencido; un árabe ofreciendo hospitalidad a un extranjero; un navegante pirata apoderándose de una rica presa; un avaro llenando su arca, experimentan alegrÃa, pero nada hay comparable a la dicha de aquéllos que contemplan el plácido sueño de la persona que aman. La soledad, la noche, el mar, el estrellado cielo transido de luna, el amor, llenaban el alma de Haida de un sentimiento que no puede explicarse. AllÃ, en medio de la arenosa playa, junto a las áridas rocas oscuras, se sentÃa dichosa de haber creado por sà misma, en unión de su amante, un verdadero Edén, en el que nada podÃa venir a turbar su ternura y cuyos solos testigos eran las estrellas del alto firmamento… He aquà la noble y bella historia: una gruta fue su cama nupcial, el dios de la soledad consagró su encuentro, el mar fue su testigo, y fueron esposos; ¡dichosos sin duda, ya que cada uno era el ángel del otro y aquella playa su ParaÃso!
Pero, Juan, ¿olvidarÃa también? HabÃa olvidado, ya una vez, a Julia. ¿Debió olvidarla tan pronto? La pregunta me embaraza y entristece, lo confieso. Es, sin duda, doloroso reconocer que somos demasiado sensibles a los atractivos de todos los nuevos rostros que llegan a tentarnos.