La sociedad del cansancio
La sociedad del cansancio También en la percepción, el exceso de positividad elimina la posibilidad de ver. Si todo debe ser percibido, nada se ve en profundidad. Ver verdaderamente requiere también la potencia de no ver. De cerrar los ojos. De resistirse al impulso de captar, de apropiarse. Lo mismo ocurre con el pensamiento: pensar es también no pensar ciertas cosas, es seleccionar, es dejar en sombra. La negatividad estructura el campo de lo visible y de lo pensable.
El ejercicio espiritual de la meditación zen ilustra esta lógica. No se trata de pensar algo, sino de liberarse del algo. De vaciar el espacio mental, de alcanzar el "no-...", ese estado donde el yo se desactiva, donde el mundo no es objeto, sino presencia. Esta negatividad no es carencia, es plenitud sin forma. Es un centro de gravedad que no actúa, pero sostiene. Un vacío lleno de sentido.
Sin potencia negativa, el sujeto se convierte en autómata. Todo estímulo lo arrastra, todo impulso lo domina. La libertad consiste en poder decir no. En detener la cadena de causas y efectos. En no hacer cuando el mundo exige hacer. En vacilar cuando todo apresura. En callar cuando todo grita. Esta es la base de toda ética, de toda política, de toda creación verdadera.