La gaviota
La gaviota Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por falta de alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en camino de la consunción.
—¿Y todavía le da por cantar? —preguntó la anciana durante el examen.
—Cantará crucificada como los murciégalos —dijo Momo, sacando la cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves palabras y no las oyese su abuela.
—Lo primero que hay que hacer —dijo Stein— es impedir que esta niña se exponga a la intemperie.
—¿Lo estás oyendo? —dijo a la niña su angustiado padre.
—Es preciso —continuó Stein— que gaste calzado y ropa de abrigo.
—¡Si no quiere! —exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de vestir—. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella! María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya ves que lo manda el médico.