La gaviota

La gaviota

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La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:

—¿Quién me gobierna a mí?

—No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche —murmuró Momo.

—Es preciso —prosiguió Stein— alimentarla bien, y que tome caldos sustanciosos.

La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.

—Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.

—¡Cuando yo le decía a usted —prorrumpió la abuelita encarándose con el tío Pedro— que el señor es el mejor médico del mundo entero!

—Cuidado que no cante —advirtió Stein.

—¡Que no vuelva yo a oírla! —exclamó con dolor el pobre tío Pedro.

—¡Pues mira qué desgracia! —contestó la tía María—. Deje usted que se ponga buena, y entonces podrá cantar de día y de noche como un reloj. Pero estoy pensando que lo mejor será que yo me la lleve a mi casa, porque aquí no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como lo sé yo hacer.

—Lo sé por experiencia —dijo Stein sonriéndose—; y puedo asegurar que el caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar a un rey.


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