La gaviota

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La tía María se esponjó tan satisfecha.

—Conque, tío Pedro, no hay más que hablar; me la llevo.

—¡Quedarme sin ella! ¡No, no puede ser!

—Tío Pedro, tío Pedro, no es esa la manera de querer a los hijos —replicó la tía María—; el amar a los hijos es anteponer a todo lo que a ellos conviene.

—Pues bien está —repuso el pescador levantándose de repente—; llévesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese señor la entrego y al amparo de Dios la encomiendo.

Diciendo esto, salió precipitadamente de la casa, como si temiese volverse atrás de su determinación; y fue a aparejar su burra.

—Don Federico —preguntó la tía María, cuando quedaron solos con la niña, que permanecía aletargada—, ¿no es verdad que la pondrá usted buena con la ayuda de Dios?

—Así lo espero —contestó Stein—, ¡no puedo expresar a usted cuánto me interesa ese pobre padre!


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