La gaviota
La gaviota Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacÃa frente al mar, observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que suelen inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él, rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadas parecÃan la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazase desplomarse. Cuando caÃan al suelo desgajándose en agua, veÃase la segunda capa, menos sombrÃa y más ligera, que era la que desafiaba en rapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturas otras nubes más altas y más blancas que corrÃan aún más deprisa, como si temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso estos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas veces caÃan sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve, reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de luz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo ser viviente habÃa buscado un refugio contra el furor de los elementos y no se oÃa sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido del huracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a la violencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lo lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que gradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas», según la expresión de Goethe, cuando las compara en su Torcuato Tasso con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompÃa con tal furor en las rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blanca espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estÃo, que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frÃo que las hiere.