La gaviota
La gaviota —¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua que cae del cielo? —preguntó a Stein el pastor José—; colemos adentro, que los tejados se hicieron para estas noches. Algo darÃan mis pobres ovejas por el amparo de unas tejas.
Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la lumbre.
A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja, sostenÃa en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenÃa, como en el barandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos desnudos, con risas y chillidos de alegrÃa, dirigidos a su hermano AnÃs; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacÃa, frente al fuego, se mantenÃa tieso e inmóvil, temeroso de que su parte posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance que su madre le habÃa vaticinado.
La tÃa MarÃa estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes asientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de la chimenea, dormÃan el fornido Palomo y el grave Morrongo, tolerándose por necesidad, pero manteniéndose ambos recÃprocamente a respetuosa distancia.