La gaviota
La gaviota En medio de la habitación habÃa una mesa pequeña y baja, en la que ardÃa un velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el aparejo de la buena Golondrina, y Manuel, que picaba tabaco. HervÃa al fuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela y clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada compota acabase de cocer.
—¡Adelante, adelante! —gritó la tÃa MarÃa al ver llegar a su huésped y al pastor—; ¿qué hacen ustedes ahà fuera, con un temporal como este, que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquÃ, aquÃ; junto al fuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como una princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma su cura, ¿no es verdad, don Federico?
—Su mejorÃa sobrepuja mis esperanzas.
—Mis caldos —opinó con orgullo la tÃa MarÃa.
—Y la leche de burra —añadió por lo bajo fray Gabriel.
—No hay duda —repuso Stein—, y debe seguir tomándola.
—No me opongo —dijo la tÃa MarÃa—, porque la tal leche de burra es como el redaño; si no hace bien, no hace daño.