La gaviota

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—Esas no son gracias, María; son chanzas pesadas, que sabes que no me gustan —dijo incomodada la buena anciana—. Dime a mí lo que quieras; pero a fray Gabriel déjale en paz, que es el único bien que le ha quedado.

—Vamos, no se enfade usted, tía María —repuso la Gaviota—; consuélese usted con pensar, que nada tiene de vidrio fray Gabriel, sino sus espejuelos. Mi comandante, dígale usted a señá Rosa Mística que traslade su amiga al fuerte de usted cuando tenga cañones de veinticuatro, para que estén bien guardadas las niñas de las asechanzas del demonio, que se meten en guitarras destempladas. Me voy, porque don Federico no viene; estoy para mí que está vacunando a todo el lugar, inclusos señá Mística, el maestro de escuela y el alcalde.

Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas de María, y a la que por tanto no herían, la llamó y le dijo se sentase a su lado.

Don Modesto, que infirió que la buena mujer iba a armar sus baterías, fiel a la neutralidad que había prometido, se despidió, dio media vuelta a la derecha y tocó retirada; pero no sin que la tía María le diese un par de lechugas y un manojo de rábanos.


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