La gaviota
La gaviota Convencida la tÃa MarÃa de que ningún apoyo ni ayuda alguna tenÃa que aguardar del hombre de influencia, al cual habÃa querido asociarse en su empresa matrimonial, se determinó a llevarla a cabo por sà y ante sÃ, segura de vencer las objeciones de MarÃa y las que pudiese poner don Federico, como Sansón a los filisteos. Nada le arredraba, ni el despego de MarÃa, ni la inmovilidad de Stein; porque el amor es perseverante como una hermana de la caridad y arrojado como un héroe; y el amor era el gran móvil de todo lo que hacÃa aquella buenÃsima mujer. Asà fue que sin más ni mas, le dijo un dÃa a Stein:
—¿Sabe usted, don Federico, que dÃas atrás estuvo aquà Marisalada, y nos dijo muy clarito, y con esa gracia que Dios le ha dado, que no venÃa aquà sino por usted? ¿Qué le parece a usted la franqueza?
—Que a ser cierto, serÃa una ingratitud y que mi ruiseñor no es capaz de ella; habrá sido una broma.
—Ello es, don Federico, que barbas mayores quitan menores y el primer lugar compete a quien compete. ¿Tan mal le sabrá a usted que le quieran, señor mÃo?
—No por cierto, que estamos de acuerdo en aquel axioma que usted tanto repite, amor no dice basta. Pero… tÃa MarÃa, en querer siempre he sido mejor donador, que no recaudador.
—Eso no habla conmigo —exclamó con viveza la buena mujer.