La gaviota
La gaviota —No por cierto, mi querida tÃa MarÃa —respondió Stein tomando y estrechando entre las suyas la mano de la anciana—. En sentimientos, estamos en cuenta corriente y pagada; pero en pruebas he quedado muy atrás; ¡ojalá pudiese dar a usted alguna de mi cariño y de mi gratitud!
—Pues fácil es, don Federico, y voy a pedÃrsela a usted.
—Desde luego, mi querida tÃa MarÃa, ¿y cuál es esa prueba? Decidlo pronto.
—Que se quede con nosotros, y para eso, que se case usted, don Federico; de esta suerte se nos quitarÃa el continuo sobresalto en que vivimos, de que se nos quiera usted ir a su paÃs, porque, como dice el refrán: ¿Cuál es tu tierra? La de mi mujer.
Stein se sonrió.
—¿Que me case? —dijo—; pero ¿con quién, mi buena tÃa MarÃa?
—¿Con quién?, ¿con quién habÃa de ser?, con su ruiseñor; asà tendrá usted eterna primavera en el corazón. ¡Es tan guapa, tan sandunguera, está tan amoldada a sus mañas de usted, que ni ella puede vivir sin usted ni usted sin ella! ¡Si se están ustedes queriendo como dos tortolillos!, que eso salta a la cara.