La gaviota

La gaviota

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—Buenos días, mi ruiseñor —dijo Stein, que al oírla había salido al patio.

—Por vía del ruiseñor, ¡ehe, ehe, ehe, ehe! —gruñía y tosía Momo—, ¡ruiseñor y es la chicharra más cansada que ha criado el estío!, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!

—Ven, María —prosiguió Stein—, ven a escribir y a leer los versos que traduje ayer. ¿No te gustaron?

—No me acuerdo de ellos —respondió María—; ¿eran aquellos del país donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de versos, don Federico, y tóqueme usted el Nocturno de Weber cuyas palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas se ajen, escucha, escucha, amada mía!»

—¡Los terminachos que ha aprendido esa Gaviota! —murmuraba Momo—, y que le sientan como confites a un ajo molinero.

—Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber —dijo Stein, que sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana:


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