La gaviota
La gaviota —Válgame Dios, MarÃa, ¿es posible que asà trueques los frenos? La superioridad enseña cabalmente a no engreÃrse con lauros y a no rebelarse contra injusticias. Pero esas son —añadió riéndose— cosas de tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas. ¿Has notado que tengo canas, MarÃa?
—Sà —respondió esta.
—Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi corazón ha quedado joven, MarÃa; y te ofrecerÃa flores de primavera si no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi frente.
—Verdad es —respondió MarÃa (que no pudo contener su natural impulso)— que un novio con canas, no pega.
—¡Bien lo pensé asÃ! —dijo Stein con tristeza—; mi corazón es leal y la tÃa MarÃa se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raÃces y sólo al soplo de la brisa.
MarÃa, que echó de ver que habÃa rechazado con su aspereza a un alma demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás ventajas, dijo precipitadamente: