La gaviota
La gaviota —¡Cómo habla la naturaleza al corazón del hombre! —dijo al fin Stein—; ¡qué simpatÃa une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un dÃa sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un dÃa de tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el corazón y un amor ilÃcito, dejando caer sobre el primero sus frÃas pero claras y puras emanaciones. ¡Dichoso el terreno sobre el que no resbalan! Pero nuestra felicidad será inalterable como el cielo de mayo, porque tú me querrás siempre, ¿no es verdad, MarÃa?
MarÃa, en cuya alma tosca y áspera no experimentaba la poesÃa ni hacia los sentimientos ascéticos de Stein, no tenÃa ganas de responder; pero como tampoco podÃa dejar de hacerlo, escribió en la arena con la varita, con que distraÃa su ocio, la palabra «¡Siempre!».
Stein tomó el fastidio por modestia y prosiguió conmovido: