La gaviota
La gaviota —Aunque yo fuese capaz —respondió Stein— de infringir mi obligación de cristiano, y de profesor, necesitarÃa tener un corazón de bronce para ver padecer a uno de mis semejantes sin aliviar sus males pudiendo hacerlo. Además, que esos caballeros no pueden tener confianza en mÃ, sin conocerme; y esto no es ofensa, ni aun lo serÃa, si no la tuviesen, conociéndome.
Con esto llegaron al convento.
La tÃa MarÃa, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llevó a donde estaba el desconocido. HabÃanle puesto en la celda prioral, donde apresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le habÃa armado una cama. La tÃa MarÃa y Stein atravesaron la turbamulta de criados y cazadores que rodeaban al enfermo. Era este un joven de alta estatura. En torno de su hermoso rostro, pálido pero tranquilo caÃan los rizos de su negra cabellera. Apenas le hubo mirado Stein, lanzó un grito, y se arrojó hacia él temeroso de tocarle, se detuvo de pronto y, cruzando sus manos trémulas, exclamó:
—¡Dios mÃo, señor duque!
—¿Me conoce usted? —preguntó el duque; porque en efecto, la persona que Stein habÃa reconocido era el duque de Almansa—. ¿Me conoce usted? —repitió alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos negros, sin poder caer en quién era el que le dirigÃa la palabra.