La gaviota

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En lugar de responder a esta pregunta, Stein sacó su flauta y repitió la misma melodía.

Entonces el duque vio que se les acercaba medio corriendo, medio saltando, una joven morena, la cual se detuvo de pronto al verle.

—Esta es mi mujer —dijo Stein—; mi María.

—Que tiene —dijo el duque entusiasmado— la voz más maravillosa del mundo. Señora, yo he asistido a todos los teatros de Europa, pero jamás han llegado a mis oídos acentos que más hayan excitado mi admiración.

Si el cutis moreno, inalterable y terso de María, hubiera podido revestirse de otro colorido, la púrpura del orgullo y de la satisfacción se habría hecho patente en sus mejillas, al escuchar estos exaltados elogios en boca de tan eminente personaje y competente juez. El duque prosiguió:

—Entre los dos poseéis cuanto es necesario para hacerse camino en el mundo. ¿Y queréis permanecer enterrados en la oscuridad y el olvido? No puede ser; el no hacer participar a la sociedad de vuestras ventajas, repito que no puede ser ni será.

—¡Somos aquí tan felices, señor duque! —respondió Stein—, que cualquier mudanza que hiciera en mi situación me parecería una ingratitud a la suerte.


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