La gaviota
La gaviota —Stein —exclamó el duque—, ¿dónde está el firme y tranquilo denuedo que admiraba yo en vos, cuando navegábamos juntos a bordo del Royal Sovereign? ¿Qué se ha hecho de aquel amor a la ciencia, de aquel deseo de consagrarse a la humanidad afligida? ¿Os habéis dejado enervar por la felicidad? ¿Será cierto que la felicidad hace a los hombres egoÃstas?
Stein bajó la cabeza.
—Señora —continuó el duque—, a vuestra edad, y con esas dotes, ¿podéis decidiros a quedaros para siempre apegada a vuestra roca, como esas ruinas?
MarÃa, cuyo corazón palpitaba impulsado por intensa alegrÃa y por seductoras esperanzas, respondió, sin embargo, con aparente frialdad:
—¿Qué más da?
—¿Y tu padre? —le preguntó su marido en tono de reconvención.
—Está pescando —respondió ella, fingiendo no entender el verdadero sentido de la pregunta.
El duque entró en seguida en una larga explicación de todas las ventajas a que podrÃa conducir aquella admirable habilidad, que le labrarÃa un trono y un caudal.
MarÃa lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de aquella fisonomÃa sucesivamente frÃa y entusiasmada, helada y enérgica.