La gaviota

La gaviota

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Cuando el duque se despidió, María habló al oído a Stein y le dijo con la mayor precipitación:

—Nos iremos; nos iremos. ¡Y qué! ¿La suerte me llama y me brinda coronas, y yo me haría sorda? ¡No, no!

Stein siguió tristemente al duque.

Cuando entraron en el convento, la tía María preguntó a este, que trataba con mucha bondad a su enfermera, ¿qué tal le había parecido su querida María?

—¿No es verdad —preguntó— que Marisalada es una linda criatura?

—Ciertamente —respondió el duque—. Sus ojos son de aquellos que sólo puede mirar frente a frente un águila, según la expresión de un poeta.

—¿Y su gracia? —prosiguió la buena anciana—, ¿y su voz?

—En cuanto a su voz —dijo el duque—, es demasiado buena para perderse en estas soledades. Bastante tenéis vosotros con vuestros ruiseñores y jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.

Un rayo que hubiese caído a los pies de la tía María no la habría aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.

—¿Y quieren ellos? —exclamó asustada.

—Es preciso que quieran —respondió el duque, entrando en su departamento.


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