La gaviota
La gaviota La tÃa MarÃa quedó consternada y confusa por algunos momentos. En seguida fue a buscar al hermano Gabriel.
—¡Se van! —le dijo bañada en lágrimas.
—¡Gracias a Dios! —repuso el hermano—. Bastante han echado a perder las losas de mármol de la celda prioral. ¿Qué dirá su reverencia cuando vuelva?
—No me ha entendido usted —dijo la tÃa MarÃa, interrumpiéndole—. Quienes se van son don Federico y su mujer.
—¿Que se van? —dijo fray Gabriel—; ¡no puede ser!
—¿Será verdad? —preguntó la tÃa MarÃa a Stein, que venÃa buscándola.
—¡Ella lo quiere! —respondió él con semblante abatido.
—Eso es lo que dice siempre su padre —continuó la tÃa MarÃa—; y con esa respuesta, la habrÃa dejado morir si no hubiera sido por nosotros. ¡Ah don Federico!, ¡está usted tan bien aquÃ! ¿Va usted a ser como el español que, estando bueno, quiso estar mejor?
—No espero ni creo hallarme mejor en ninguna parte del mundo, mi buena tÃa MarÃa —dijo Stein.
—Algún dÃa —repuso ella— se ha de arrepentir usted.
¡Y el pobre tÃo Pedro! ¡Dios mÃo! ¿Por qué ha llegado acá el barullo del mundo?