La gaviota

La gaviota

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Para borrar la desagradable impresión que deja aquel cuadro de impuros amores, impresión tanto más desagradable cuanto el gran mérito literario de la pintura la hace más profunda, hemos tenido que volver a buscar en el tomo primero algunos de aquellos diálogos tan apacibles, algunas de aquellas descripciones tan ricas de encantadoras imágenes, de locuciones felicísimas, de pormenores llenos de gracia, de frescura y de novedad. ¿Pueden darse expresiones más pintorescas que estas? «Stein refirió al duque sus campañas, sus desventuras, su llegada al convento, sus amores y su casamiento. El duque lo oyó con mucho interés, y la narración le inspiró el deseo de conocer a Marisalada y al pescador, y la cabaña que Stein estimaba en más que un espléndido palacio. Así es que en la primera salida que hizo, en compañía de su médico, se dirigió a la orilla del mar. Empezaba el verano; y su fresca brisa, puro soplo del inmenso elemento, les proporcionó un goce suave en su romería. El fuerte de San Cristóbal parecía recién adornado con su verde corona, en honra del alto personaje, a cuyos ojos se ofrecía por primera vez. Las florecillas que cubrían el techo de la cabaña, en imitación de los jardines de Semíramis, se acercaban unas a otras, mecidas por las auras, a guisa de doncellas tímidas, que se confían al oído sus amores. La mar impulsaba blanda y pausadamente sus olas hacia los pies del duque, como para darle la bienvenida. Oíase el canto de la alondra, tan elevada, que los ojos no alcanzaban a verla. El duque, algo fatigado, se sentó en una peña. Era poeta, y gozaba en silencio de aquella hermosa escena. De repente sonó una voz, que cantaba una melodía sencilla y melancólica. Sorprendido el duque, miró a Stein, y este se sonrió. La voz continuaba.


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