La gaviota
La gaviota Nuestra alta aristocracia debe estar reconocida al autor por la poética personificación que nos presenta de ella en los dos nobles personajes del duque y la duquesa de Almansa, sobre todo el duque, «uno de aquellos hombres elevados y poco materiales, en quienes no hacen mella el hábito ni la afición al bienestar físico; uno de esos seres privilegiados que se levantan sobre el nivel de las circunstancias, no en ímpetus repentinos y eventuales, sino constantemente, por cierta energía característica, y en virtud de la inatacable coraza de hierro que se simboliza en el ¿qué importa? ¡Uno de aquellos corazones que palpitaban bajo las armaduras del siglo XV, y cuyos restos sólo se encuentran hoy en España!»
Ya hemos dicho que no nos parece bien el incidente de los amores de la Gaviota con el torero Pepe Vera. ¡Cómo desdicen todos los capítulos en que se desarrolla esta aventura del tono decorosamente festivo y sencillamente elegante de los capítulos anteriores, y más aún del sabor apacible y campestre, que da tan suave encanto a las escenas del convento, de la cabaña de Santaló y del pueblecito de Villamar! No parecen una misma pluma la que describe el cínico festín a que arrastra Pepe Vera a su degradada amante, y la que pinta con tan alta elocuencia los últimos momentos de Santaló, mártir del amor paternal, en uno de los capítulos mejor escritos del libro y que quisiéramos copiar aquí íntegro.