La gaviota
La gaviota No queremos multiplicar las citas: vale más que el lector mismo vaya a buscarlas en la novela, que le producirá, a no dudarlo, momentos de sumo recreo. No se asuste de la calificación de original que lleva al frente, pues aunque original y del dÃa, es mejor que la mayor parte de las que nos vienen del otro lado del Pirineo; tiene tanto interés como ellas, y está escrita con más estudio y mayor conocimiento del corazón humano. Algunos acaso querrán saber, antes de leerla, quién es su autor, y esperarán a que por fin se lo digamos; pero es lo cierto que aun cuando supiéramos su nombre, nos guardarÃamos muy bien de revelarlo. Nada más justo que respetar esos velos de misterio en que alguna vez se encubren las obras de la fantasÃa, verdadero pudor del ingenio, respetable como el de la inocencia. Por lo demás, ¿a qué esa curiosidad?, ¿qué importa el nombre del autor? Para nosotros, nada. Cuando nos encontramos en el campo una flor hermosa y fragante, nos recreamos mucho con su vista y con su aroma, sin curarnos nada de averiguar cómo se llama; cuando vemos un buen cuadro, cuando nos cae en la mano un buen libro, lo último que se nos ocurre es averiguar el nombre del autor. Pero hay personas que no saben ver ni pueden admirar las obras anónimas: sólo les inspiran desdén aun las mejores, si se les presentan desamparadas y huérfanas, rara manÃa, pero muy común y que se explica de muchos modos.