La gaviota
La gaviota Por nuestra parte, bástanos saber, y su obra lo dice, que el autor de La Gaviota es un talento de primer orden, no contaminado con los vicios literarios de la época, que son la impaciencia de producir, la pobreza de ideas, el desaliño en la forma, la inmoralidad en el fondo. No hay que dudarlo; el autor de La Gaviota es nuevo en el palenque de la publicidad literaria; apostaríamos algo bueno a que no ha escrito su novela para publicarla, y menos aún para venderla. Es imposible que la literatura sea un oficio para quien con tanto amor ha desarrollado un argumento tan sencillo y tan detenidamente estudiado. Bastarían para demostrarlo las escenas, ya alegres, ya tiernas y patéticas, generalmente alegres y patéticas al mismo tiempo, en que se describen con encantadora verdad de pormenores las bodas de Stein y la Gaviota, la salida de ambos para Sevilla en compañía del duque, la vuelta de Momo a Villamar con la falsa nueva del asesinato de Marisalada, la última entrevista de Stein con su noble amigo, y tantas otras, en cuya lectura, según la expresión de un poeta, la sonrisa se asoma entre lágrimas a nuestro rostro, como suele brillar un rayo de sol en medio de una lluvia de verano. Una imaginación gastada no puede concebir cuadros tan puros y tan lindos, ni derramar sobre ellos ese baño de suave melancolía, que les da tan irresistible atractivo. No es, pues, repetimos, un literato de oficio, como la mayor parte de los que entre nosotros, y más aún en Francia, escriben novelas, el desconocido autor de la que hemos examinado en este y en nuestro anterior artículo; más si se decide a cultivar este género y a publicar nuevos cuadros de costumbres como el que ya nos ha dado, ciertamente La Gaviota será en nuestra literatura lo que es Waverley en la literatura inglesa, el primer albor de un hermoso día, el primer florón de la gloriosa corona poética que ceñirá las sienes de un WalterScott español.