La gaviota

La gaviota

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Aquella noche Rita había entrado, como siempre, en la tertulia, sin hacer ruido, y se había sentado en el sitio acostumbrado, cerca de su tía, para verla jugar. Esta no había observado la proximidad de su sobrina, sino cuando preguntada por el duque acerca del enlace que había rehusado, se había visto obligada a responder.

—¡Jesús! Rita —dijo la marquesa—. ¡Qué susto me has dado! ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que nadie te haya sentido?

—¿Queríais —respondió— que entrase con tambor y trompeta como un regimiento?

—Pero al menos —repuso la marquesa—, bien hubieras podido saludar a las gentes.

—Se distraen los jugadores —dijo Rita—; y si no, ved vuestros naipes. Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una peluca.

Durante este diálogo, Rafael se había sentado detrás de su prima y le decía al oído:

—Rita, ¿cuándo pido la dispensa?

—Cuando yo te avise —contestó sin volverle la cara.

—¿Y qué he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?

—Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.


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