La gaviota
La gaviota —Cruel, algún dÃa te arrepentirás de haber rechazado mi blanca mano. Pierdes el mejor y el más agradecido de los maridos.
—Y tú la peor y la más ingrata de las mujeres.
—Escucha, Rita —continuó Arias—; ¿tiene nuestro tÃo, que está enfrente de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara a quien te habla?
—Tengo una torcedura en el pescuezo.
—Esa torcedura se llama Luis de Haro. ¿TodavÃa estás encaprichada con ese consumidor de barajas?
—Más que nunca.
—¿Y qué dice a eso tu hermano?
—Si te interesa, pregúntaselo.
—¿Y me dejarás morir?
—Sin pestañear.
—Hago voto al diablo que está a los pies del San Miguel de la parroquia, de que le he de dorar los cuernos, si carga de una vez con tu Luis de Haro.
—Deséale mal, que los malos deseos de los envidiosos engordan.
—Paréceme que te fastidio —dijo Rafael, después de algunos minutos de silencio, viendo bostezar a su prima.
—¿Hasta ahora no lo habÃas echado de ver? —respondió Rita.