La gaviota

La gaviota

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—Eloisita, me vais a meter aprensión como a don Basilio —y se puso a cantar—. ¡Qué mala cara!

—En vano disimuláis; hay lágrimas en vuestra risa, Arias.

—Pero decidme por Dios, Eloisita, lo que tengo, pues es una obra de misericordia enseñar al que no sabe.

—Lo que tenéis, Arias, harto lo sabéis.

—¿El qué?

—Una decepción —murmuró Eloísa.

—¿Una qué? —preguntó Rafael, que no la entendió.

—Una decepción —repitió Eloísa.

—¡Ah!, ¡ya!, había entendido deserción, y mi honor militar se había horripilado. En cuanto a decepción, tengo un ciento, como cada hijo de vecino, amiga mía; y no es poca el inspiraros lástima en lugar de agrado, que es lo que más deseo.

—Pero una hay entre todas que descolora vuestra vida y hace que sea para vos la felicidad un sarcasmo que os llevará a mirar la tumba como un descanso y la muerte como una sonriente amiga.

—¡Ah, Eloisita! —contestó Rafael—; un dedo de la mano habría dado por haber tenido en la acción de Mendigorría tales pensamientos; no que cuando me llevaron al hospital con un balazo en el costado, maldito si me sonreían ni la muerte ni la tumba.


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