La gaviota
La gaviota —¡Qué prosaico sois! —exclamó indignada EloÃsa.
—¿Es esto un anatema, Eloisita?
—No, señor —repuso con ironÃa la interrogada—; es un magnÃfico cumplido.
—Lo que es una verdad de a folio —dijo Rafael— es el que estáis lindÃsima con ese peinado, y que ese vestido es del mejor gusto.
—¿Os agrada? —exclamó la elegante joven, dejando de repente el tono sentimental—. Son estas telas las últimas nouveautés, es gro Ledru-Rollin.
—No es extraño —dijo Rafael— que se muera por España y por las españolas aquel inglés que veis allà enfrente y cuya cabeza descuella sobre todas las plantas del macetero.
—¡Qué mal gusto! —contestó EloÃsa con un gesto de desdén.
—Dice —continuó Rafael— que no hay cosa más bonita en el mundo que una española con su mantilla, que es el traje que más favor les hace.
—¡Qué injusticia! —exclamó la joven—. ¿Creen acaso que el sombrero es demasiado elegante para nosotras?
—Dice —prosiguió Rafael— que manejáis el abanico con una gracia incomparable.
—¡Qué calumnia! —dijo EloÃsa—. Ya no lo usamos las elegantas.