La gaviota
La gaviota —No es ni bonita ni fea —respondió—. Es morena, y sus facciones no pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos que se ven por dondequiera en nuestro paÃs.
—Una vez que su voz es tan extraordinaria —dijo la condesa, por honor de Sevilla—, es preciso que hagamos de ella una eminente prima donna. ¿No podremos oÃrla?
—Cuando queráis —respondió el duque—. La traeré aquà una noche de estas, con su marido, que es un excelente músico y ha sido su maestro.
En esto llegó la hora de retirarse.
Cuando el duque se acercó a la condesa para despedirse, esta levantó el dedo con aire de amenaza.
—¿Qué significa eso? —preguntó el duque.
—Nada, nada —contestó ella—; esto significa ¡cuidado!
—¿Cuidado? ¿De qué?
—¿FingÃs que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oÃr.
—Me ponéis en ascuas, condesa.
—Tanto mejor.
—¿Queréis, por Dios, explicaros?
—Lo haré, ya que me obligáis. Cuando he dicho cuidado, he querido decir ¡cuidado con echarse una cadena encima!