La gaviota

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—¡Ah!, condesa —repuso el duque con calor—, por Dios, que no venga una injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ángel.

—Eso por supuesto —dijo la condesa—. Nadie se enamora de diablos.

—Y sin embargo, tenéis mil adoradores —repuso sonriendo el duque.

—Pues no soy diablo —dijo la condesa—; pero soy zahorí.

—El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.

—Os aplazo para dentro de aquí a seis meses, invulnerable Aquiles —repuso la condesa.

—Callad por Dios, condesa —exclamó el duque—; lo que en vuestra bella boca es una chanza ligera, en las bocas de víboras que pululan en la sociedad, sería una mortal ponzoña.

—No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra. Soy indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno ni lo otro.

Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a la puerta le detuvo el general Santa María.

—Duque —le dijo—, ¿habéis visto cosa semejante?

—¿Qué cosa? —preguntó escamado el duque.


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