La gaviota
La gaviota Completamente restablecido ya el niño de la condesa, habÃa llegado la noche que esta señora habÃa fijado para recibir a MarÃa. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.
—Prima —dijo—, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza… en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.
—¡Jesús! —replicó la condesa—. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?
—Vas a saberlo —continuó Rafael—. Ayer he tenido carta de uno de mis camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.
—QuÃtale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado —repuso el general.
—Bien —dijo Rafael—; mi amigo, que según el tÃo no es ni vizconde ni santo, me recomienda a un prÃncipe italiano.
—¡Un prÃncipe!, ¡pues ya! —dijo con sorna el general—. ¿Por qué no han de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese prÃncipe?