La gaviota

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—No podré explicarme bien —dijo la condesa— sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vernos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?

—Sin duda —respondió el coronel riéndose—, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo!

Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.


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