La gaviota

La gaviota

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CapĂ­tulo XXI

María, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona, se presentó malísimamente pergeñada. Un vestido de foular demasiado corto, y matizado de los más extravagantes colores; un peinado sin gracia, adornado con cintas encarnadas muy tiesas; una mantilla de tul blanco y azulado guarnecida de encaje catalán, que la hacía parecer más morena: tal era el adorno de su persona, que necesariamente debía causar, y causó, mal efecto.

La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al pasar junto a Rafael, este le dijo al oído, aplicando las palabras de la fábula del cuervo de De la Fontaine:

—Si el gorjeo es como la pluma, es el fénix de estas selvas.

—¡Cuánto tenemos que agradeceros —dijo la condesa a María— vuestra bondad en venir a satisfacer el deseo que teníamos de oíros! ¡El duque os ha celebrado tanto!

María, sin responder una palabra, se dejó conducir por la condesa a un sillón colocado entre el piano y el sofá.

Rita, para estar más cerca de ella, había dejado su puesto ordinario y colocádose junto a Eloísa.

—¡Jesús! —dijo al ver a María—, si es más negra que una morcilla extremeña.


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