La gaviota
La gaviota —Sépase a lo menos que hay señoritas en España bastante finas y delicadas para huir de semejantes chocarrerÃas.
—¡Qué desgraciado será el Abelardo de esa EloÃsa! —dijo Rafael al verla salir.
MarÃa, además de su hermosa voz y de su excelente método, tenÃa, como hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero, sino después de una larga residencia en España y sólo identificándose, por decirlo asÃ, con la Ãndole nacional. En esta música, asà como en los bailes, hay una abundancia de inspiración, un atractivo tan poderoso, tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos, muestras de despego y atracción; una cierta cosa que se entiende y no se explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al compás, tan arrullado, si es lÃcito decirlo asÃ, por la voz en el canto y por los movimientos en el baile; la exaltación y la languidez se suceden tan rápidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.
Asà es que, cuando MarÃa tomó la guitarra y se puso a cantar:
Si me pierdo, que me busquen
al lado del MediodÃa,
donde nacen las morenas,
y donde la sal se crÃa,