La gaviota
La gaviota Había pasado el verano y era llegado septiembre; los días conservaban aún el calor del verano, pero las noches eran ya largas y frescas. Serían las nueve y aún no había en la tertulia de la condesa sino las personas más allegadas y de mayor confianza, cuando entró Eloísa.
—Toma asiento en el sofá, a mi lado —le dijo la dueña de la casa.
—Te lo agradezco, Gracia; pero vuestros sofás de aquí, son muebles rellenos de estopas o crin: son de lo más duro e inconfortable que darse puede.
—Así son más frescos, hija mía —dijo Rita, a cuyo lado se había sentado Eloísa en una estudiada postura.
—¿Sabéis lo que se dice? —dijo a esta última el poeta Polo, jugando con su guante amarillo y extendiendo la pierna para lucir un lindo calzado de charol—. Se dice que nombran a Arias mayor de la plaza; pero lo creo un solemne puff.
—Cosas de lugarón, de poblachón, de villorro como es este —repuso remilgadamente Eloísa—. Rafael merece mejor. Es un hombre muy espiritual, un joven muy Fashionable y un bravo militar.
—¿Qué estáis diciendo, señorita? —preguntó el general, que absorto escuchaba la conversación de los dos jóvenes de buen tono.