La gaviota
La gaviota —¡Ca!, no son conspiradores —repuso Rafael.
—¿Pues qué son, máquina infernal de contradicción?
—Son…; yo te lo diré para que los juzgues en toda su altura.
—Acaba, pesado.
—Son —dijo solemnemente Rafael— regeneradores incomprendidos.
Algunas noches después de esta escena, las vastas galerÃas de la casa de la condesa estaban desiertas. No se veÃan allà más figuras que las del antiguo testamento, como Arias llamaba a los jugadores de tresillo.
—¡Cómo tardan! —dijo la marquesa—. Las once y media y todavÃa no parecen.
—El tiempo —dijo su hermano— no parece largo a los filarmónicos, cuando están en la ópera pasmándose de gusto como unos panarras.
—¿Quién habÃa de pensar —continuó la marquesa que esa mujer tendrÃa los estudios y el valor necesarios para salir tan pronto a las tablas?
—En cuanto a los estudios —dijo el general—, una vez que se sabe cantar no se necesita tantos como tú crees. En cuanto al valor, no quisiera más que un regimiento de granaderos por ese estilo, para asaltar a Numancia o Zaragoza.