La gaviota

La gaviota

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—Sí, tía —respondió Rafael—, y Stein de cancón es una pieza compuesta expresamente para ambos.

—¡Tales cosas! —exclamó la buena señora.

—Madre, ¿no echáis de ver que Rafael se está chanceando, según su loable e inveterada costumbre? —dijo la condesa.

—Desde que se ha dado La pata de cabra, ningún título de piezas teatrales me sorprende —repuso la marquesa; y desde que se han representado la Lucrecia, Ángela, Antony y Carlos el Hechizado, no hay argumento que se me haga increíble.

—Como el teatro es la escuela de las costumbres —dijo con ironía el general—, lo ponen al nivel de las que quieren introducir.

—¡Qué bien opinan los franceses, cuando dicen que pasados los Pirineos empieza el África! —decía entre tanto a media voz Eloísa a Polo.

—Desde que ellos ocupan parte del litoral —repuso este— ya no lo dicen; sería hacernos demasiado favor.

Eloísa sofocó una carcajada en su diminuto pañuelo guarnecido de encaje.

—Aquellos están conspirando —dijo Rita a Rafael—. Polo tiene una máquina infernal entre sus gafas y sus ojos, y Eloísa esconde en el pañuelo que lleva a la boca, una asonada en escabeche de almizcle contra la pícara estacionaria España.


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