La gaviota

La gaviota

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Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La tía María sollozaba y se retorcía las manos de dolor.

—¿Pero qué hicieron tantos como presentes estaban? —preguntó Dolores llorando—, ¿no hubo nadie que prendiese a ese desalmado?

—Eso es lo que yo no sé —contestó Momo—, pues al ver aquello, cogí dos de luz y cuatro de traspón, no fuese que me llamasen a declarar. Y no paré de correr hasta no poner algunas leguas entre la villa de Madrid y el hijo de mi padre.

—Preciso es —dijo entre sollozos la tía María— ocultarle esta desdicha al pobre tío Pedro. ¡Ay!, ¡qué dolor!, ¡qué dolor!

—¿Y quién había de tener valor para decírselo? —repuso Dolores—. ¡Pobre María! Hizo lo del español, que estando bien quiso estar mejor; y cate usted ahí las resultas.

—Cada uno lleva su merecido —dijo Momo—; esa embrollona descastada había de parar en mal: no podía eso marrar. Si no estuviese cansado, iba sobre la marcha a contárselo a Ratón Pérez.


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