La gaviota
La gaviota Concluida la ceremonia, nadie quedó con el enfermo, sino el cura, la buena tÃa MarÃa y fray Gabriel. TÃo Pedro yacÃa tranquilo. Al cabo de algún tiempo abrió los ojos, y dijo:
—¿No ha venido?
—TÃo Pedro —respondió la tÃa MarÃa, mientras corrÃan por sus arrugadas mejillas dos lágrimas que no alcanzaba a ver el enfermo—, hay mucho trecho de aquà a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto la veremos llegar.
Santaló volvió a caer en su letargo. Una hora después recobró el sentido, y fijando sus miradas en la tÃa MarÃa, le dijo:
—TÃa MarÃa, he pedido a mi divino Salvador, que se ha dignado venir a mÃ, que me perdone, que la haga feliz y que le pague a usted cuanto por nosotros ha hecho.
Después se desmayó; volvió en sÃ, abrió los ojos que ya cristalizaba la muerte y pronunció con acento ininteligible estas palabras:
—¡No ha venido!
En seguida dejó caer la cabeza en la almohada y exclamó en voz alta y firme:
—Misericordia, Señor.