La gaviota
La gaviota MarÃa sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.
Aquellos amores parecÃan más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a distinguidos caballeros y a damas elegantes!
En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon recÃprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual renunció al triunfo.
—Vamos, Maruja —dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable—. Seamos amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de LucÃa; pero en cambio, y para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa, de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por mà mismo de que no me engañas.
—No puede ser —respondió altiva MarÃa.
—Pues bien —dijo Pepe—, ya sabes dónde voy en saliendo de aquÃ.
—¡Infame! —contestó MarÃa apretando los puños con rabia—, me pones entre la espada y la pared.
Una hora después de esta escena, MarÃa estaba medio recostada en un sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenÃa en sus manos las de su mujer, observando el estado del pulso.