La gaviota
La gaviota —No es nada, MarÃa —dijo Stein—. No es nada, señor duque: un ataque de nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo, MarÃa, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud, y asà me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de burra —y dirigiéndose al duque—: Mi obligación me fuerza, mal que me pese, a ausentarme, señor duque.
Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se retiró, haciendo al duque un profundo saludo.
El duque, sentado enfrente de MarÃa, la miró largo tiempo.
Ella parecÃa extraordinariamente aburrida.
—¿Estáis cansada, MarÃa? —dijo aquel con la suavidad que sólo el amor puede dar a la voz humana.
—Estoy descansando —respondió.
—¿Queréis que me vaya?
—Si os acomoda…
—Al contrario, me disgustarÃa mucho.
—Pues entonces, quedaos.