La gaviota
La gaviota —No —dijo después de algunos instantes de reflexión—. ¡No es posible! Debe haber alguna causa, algún motivo imprevisto. Sin embargo —continuó después de otra pausa—; es preciso que no me quede nada sobre el corazón. Es preciso que yo pueda responder a la calumnia no sólo con el desprecio, sino con un solemne mentÃs y con pruebas positivas.
Con el auxilio de los serenos, Stein pudo hallar fácilmente el lugar indicado en la carta.
La casa indicada no tenÃa portero: la puerta de la calle estaba abierta. Stein entró, subió un tramo de la escalera, y al llegar al primer descanso, no supo dónde dirigirse.
Debilitado el primer Ãmpetu de su resolución, empezó a avergonzarse de lo que hacÃa. «Espiar —decÃa— es una bajeza. Si MarÃa supiera lo que estoy haciendo, se resentirÃa amargamente, y tendrÃa razón. ¡Dios mÃo!, ¿sospechar a la persona que amamos, no es crear la primera nube en el puro cielo del amor?, ¡yo espiar!, ¿a esto me ha rebajado el despreciable escrito de una mujer más despreciable aún?
»Vuélvome. Mañana le preguntaré a MarÃa cuanto saber deseo, que este medio es el debido, el natural y el honrado. Alto allá, corazón mÃo; limpia mi pensamiento de sospechas, como limpia el sol la atmósfera de negras sombras».