La gaviota
La gaviota Stein lanzó un profundo suspiro, que parecÃa estarle ahogando, y pasó su pañuelo por su húmeda frente. «¡Oh! —exclamó—, ¡la sospecha, que crea la idea de la posibilidad del engaño que no existÃa en nuestra alma!, ¡oh!, la infame sospecha, hija de malos instintos o de peores insinuaciones, por un momento este monstruo ha envilecido mi alma y ya para siempre tendré que sonrojarme ante MarÃa»
En aquel instante se abrió una puerta que daba al descanso en que se habÃa parado Stein y dio salida a un rumor de vasos, de cantos y de risas: una criada que salÃa de adentro sacando botellas vacÃas, se hizo atrás, para dejar pasar a Stein, cuyo aspecto y traje le inspiraron respeto.
—Pasad adelante —le dijo—; aunque venÃs tarde, porque ya han cenado —y siguió su camino.
Stein se hallaba en una pequeña antesala. Estaba abierta una puerta que daba a una sala contigua. Stein se acercó a ella. Apenas habÃan echado sus ojos una mirada a lo interior de aquella pieza, cuando quedó inmóvil y como petrificado.