La gaviota
La gaviota Si todos los sentimientos que elevan y ennoblecen el alma cegaban al duque, todos los impulsos buenos y puros del corazón cegaban a Stein con respecto a María. Cuál sería, pues, su asombro al verla sin mantilla, sentada a la mesa en un taburete, teniendo a sus pies una silla baja, en que estaba Pepe Vera, que tenía una guitarra en la mano y cantaba:
Una mujer andaluza
tiene en sus ojos el sol;
una aurora en su sonrisa,
y el paraíso en su amor.
—¡Bien, bien, Pepe! —gritaron los otros comensales—. Ahora le toca cantar a Marisalada. Que cante Marisalada. Nosotros no somos gente de levita ni de paletós; pero tenemos oídos como los tienen ellos; que en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y cruces no saben jalear en francés.
María tomó la guitarra que Pepe Vera le presentó de rodillas, y cantó:
Más quiero un jaleo pobre,
y unos pimientos asados,
que no tener un usía
desaborío a mi lado.