La gaviota
La gaviota Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus últimas reflexiones, el duque salió de su gabinete y se encaminó a las habitaciones de su mujer. Entró en ellas por una puerta secreta. Al aproximarse a la pieza en que la duquesa solía a pasar el día, oyó hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.
—¿Conque se ha hecho invisible el duque? —decía una voz agridulce—. Hace quince días que he llegado a Madrid y no sólo no se ha dignado venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna parte.
—Tía —respondió la duquesa—, puede ser que no sepa vuestra llegada.
—¡No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es posible, sobrina. Sería la única persona de la corte que lo ignorase. Además, me parece que has tenido sobrado tiempo para decírselo.
—Es verdad, tía; soy culpable de ese olvido.
—Pero no hay que extrañarlo —continuó la voz agridulce—. ¿Cómo ha de gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el mundo dice que no trata más que con cómicas?
—Es falso —respondió con sequedad la duquesa.
—0 eres ciega —dijo la marquesa exasperada— o eres consentidora.