La gaviota
La gaviota —Lo que no consentiré jamás —dijo la duquesa—, es que la calumnia venga a hostilizar a mi marido aquÃ, en su misma casa y a los oÃdos de su mujer.
—Mejor harÃas —continuó la voz— perdiendo mucho en lo dulce y ganando mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de aquà a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.
—TÃa —respondió la duquesa—, mejor harÃais en consultar al vuestro, sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina vuestra.
—Bien está —dijo la Gutibamba—; tu carácter austero, reservado y metido en ti, te priva ya del corazón de tu marido y acabará por alejar de ti a todos tus amigos.
Y la marquesa salió muy satisfecha de su peroración.
Leonor se quedó sentada en su sofá, inclinada la cabeza y humedecido su hermoso y pálido rostro con las lágrimas que por largo tiempo habÃa logrado contener.