La gaviota

La gaviota

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De repente se volvió dando un grito. Estaba en los brazos de su marido. Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lágrimas eran dulces. Leonor conocía que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le restituía un corazón y un amor sincero que ya nadie le disputaba.

—¡Leonor mía! ¿Querrás y podrás perdonarme? —dijo, dejándose caer de rodillas ante su mujer.

Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.

—¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado? —le dijo.

—Quiero —dijo el duque— que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.

—Hagamos un pacto —dijo la duquesa interrumpiéndole—. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.

En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.

—¿Llora mamá?, ¿llora mamá? —gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas—. ¿La habéis reñido, papá Carlos?


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