La gaviota
La gaviota —No, hijo mÃo —respondió la duquesa—. Lloro de alegrÃa.
—¿Y por qué? —preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa habÃa sucedido inmediatamente a las lágrimas.
—Porque mañana sin falta —respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer— salimos todos para nuestras posesiones de AndalucÃa, que tu madre desea ver, y allà seremos felices como los ángeles en el cielo.
El niño lanzó un grito de alegrÃa, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.
En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.
—Papá marqués —gritó su nieto—, mañana nos vamos todos.
—¿De veras? —preguntó el marqués a su hija.
—SÃ, padre —respondió la duquesa—; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.
—Padre —dijo el duque—, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que serÃa una santa si no fuera un ángel?