La gaviota
La gaviota Millares de voces humanas lanzaron entonces un grito, como sólo hubiera podido concebirlo la imaginación de Dante; un grito que desgarraba las entrañas: hondo, lúgubre, prolongado.
Los picadores se echaron con sus caballos y garrochas sobre el toro, para impedir que recogiese a su víctima.
Los chulos, como bandada de pájaros, le circundaron también.
—¡Las medialunas!, ¡las medialunas! —gritó la concurrencia entera. El alcalde repitió el grito.
Salieron aquellas armas terribles y el toro quedó en breve desajarretado; el dolor y la rabia le arrancaban espantosos bramidos. Cayó por fin muerto, al golpe del puñal que le clavó en la nuca el innoble cachetero.
Los chulos levantaron a Pepe Vera.
—¡Está muerto! —tal fue el grito que exhaló unánime el brillante grupo que rodeaba al desventurado joven, y que de boca en boca subió hasta las últimas gradas, cerniéndose sobre la plaza a manera de fúnebre bandera.
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Transcurrieron quince días después de aquella funesta corrida.