La gaviota

La gaviota

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En una alcoba, en que se veían todavía algunos muebles decentes, aunque habían desaparecido los de lujo; en una cama elegante, pero cuyas guarniciones estaban marchitas y manchadas, yacía una joven pálida, demacrada y abatida. Estaba sola.

Esta mujer pareció despertar de un largo y profundo sueño. Incorporóse en la cama, recorriendo el cuarto con miradas atónitas. Apoyó su mano en la frente, como si quisiese fijar sus ideas, y con voz débil y ronca dijo:

—¡Marina! —entró entonces no Marina, sino otra mujer, trayendo una bebida que había estado preparando.

La enferma la miró.

—¡Yo conozco esa cara! —dijo con sorpresa.

—Puede ser, hermana —respondió la que había entrado, con mucha dulzura—. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los ricos.

—Pero ¿dónde está Marina? ¿Dónde está? —dijo la enferma.

—Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las manos.

—¿Y mi marido?

—Se ha ausentado sin saberse adónde.

—¡Jesús! —exclamó la enferma, aplicándose las manos a la frente.


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